Jesús Castillo.- El habitual silencio del Panteón Municipal cedió su lugar a un mosaico de nostalgia, música y tradición, al acudir cientos de familias a las tumbas de sus seres queridos para celebrar el Día del Padre.
Desde muy temprano, los pasillos del camposanto se llenaron de vida con el ir y venir de hijos, esposas y nietos que, cargados con arreglos florales, cubetas y herramientas de limpieza, transformaron la jornada en un homenaje vivo a los pilares del hogar que ya partieron.
Entre el aroma a tierra húmeda y el colorido de los gladiolos y coronas que vistieron el mármol, las familias compartieron momentos de profunda intimidad.
Mientras algunos limpiaban las lápidas y removían el polvo acumulado, otros prefirieron sentarse a la orilla de los sepulcros para entonar, a capela o con la ayuda de bocinas portátiles, aquellas canciones norteñas y rancheras que sus padres disfrutaban en vida.
Los brindis simbólicos con cerveza o tequila y las anécdotas contadas entre risas y lágrimas contenidas marcaron el pulso de una festividad que desafía al olvido.
A las afueras del recinto de la colonia San Bartolo, el dinamismo comercial completó la estampa del día: vendedores de flores, comida y limpia-tumbas ofrecieron sus servicios a los visitantes que no dejaron de llegar a lo largo de la tarde.
De esta manera, el cementerio capitalino se convirtió en el escenario de un reencuentro colectivo, demostrando que en la memoria de los pachuqueños la paternidad no se interrumpe con la ausencia física, sino que se sigue honrando con la misma devoción de siempre.
