El día que Muñoz Ledo cedió
*La reforma electoral que viene es una oportunidad para el poder de iniciar la
reconciliación que México requiere. Pero tendría que ceder.
En 1998 me tocó a atestiguar como universitario, siendo parte de la representación de
estudiantes de derecho del ITAM un suceso que quizá sea útil compartir en el actual
contexto nacional. En aquel entonces, en el marco de un evento de aquellos que solíamos
organizar en los tiempos de la política estudiantil, invitamos al flamante presidente de la
Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo, que pocos meses antes se había convertido
en el primer opositor en ocupar la presidencia de la Cámara de Diputados, luego de la
histórica pérdida de la mayoría del PRI en las elecciones intermedias de 1997.
Como lo ameritaba la ocasión, se había reservado el auditorio Raúl Baillères, el principal
del ITAM, para quien meses atrás había respondido de manera magistral el informe del
presidente Ernesto Zedillo, mismo que estaba repleto por el interés que causaba el
invitado. Todo transcurría con normalidad hasta que alguien se percató de que por error
se había organizado a la misma hora en un auditorio menor, un debate entre senadores
de diversos partidos, entre los que recuerdo a Eduardo Andrade Sánchez —calificado
orador y tribuno.
Como era de esperarse, el segundo espacio estaba prácticamente vacío. Todos querían ver
a quien por seis años representó a México ante la ONU, llegando incluso a presidir su
Consejo de Seguridad en dos ocasiones. Así que los organizadores, luego de meditar
nuestras muy escasas alternativas, optamos por la que apreciamos más acertada —prueba
de que estudiábamos derecho y no diplomacia—, que consistía en orquestar un plan para
que una vez llegara el invitado de honor, proponerle fusionar ambos eventos y organizar
así un debate entre él y los tres senadores presentes.
Nos correspondió a un grupo de compañeros, yo incluido, recibir a Porfirio Muñoz Ledo y
con ello la misión imposible de plantearle nuestra irreverente propuesta. En cuanto llegó a
la calle de Río Hondo lo recibimos con una mezcla de emoción y miedo, pues sabíamos
que nuestro planteamiento sería difícil de aceptar. Sin embargo, lo hicimos. La primera
reacción del político de izquierda fue, naturalmente, rechazarnos. Nos dijo claramente:
“es mi foro y nada me obliga a compartirlo”. Francamente, tenía la razón. Era su espacio y
así se había convenido al invitarlo.
Viendo casi perdida nuestra misión, ocupamos el as que, pensábamos, teníamos bajo la
manga: le planteamos al Diputado Presidente que su negativa podría interpretarse
como miedo al debate y que temíamos que los senadores, particularmente el oficialista, lo
hicieran así saber a la prensa que cubría el evento —lo cual, por supuesto, inventamos.
Para nuestra sorpresa, luego de meditarlo durante el trayecto hacia el recinto —quizá
sintiendo pena por nuestra complicada situación— Muñoz Ledo aceptó, no sin antes
pedirnos que dejáramos claro ante los asistentes que él a pesar de estar en todo el
derecho de negarse, había decidido benevolentemente compartir el foro que le
correspondía con los tres senadores.
A decir verdad, nunca sabré las razones que tuvo el hombre que desafió al PRI en 1987 y le
quitó la presidencia del legislativo en 1997, para aceptar la propuesta de un grupo de
abogados en ciernes. Quizá fue su naturaleza de zoon politikon la que lo hizo ver que el
poderoso crece cuando, pudiendo imponerse por su fuerza e incluso derecho, cede
razonablemente y con ello gana el respeto de sus adversarios. Quizá solo fue su sentido
práctico que, al haber estado sentado en ambos lados del escritorio, lo llevó a concluir que
en política todo lo que sube tiene que bajar y que nada es eterno. Quizá fue su visión de
estadista que le hizo reflexionar que para conseguir algo de mucho más grande alcance, se
requiere dejar de lado las victorias pírricas, la propia vanidad o el interés de los pequeños
—o no tan grandes— grupos.
Quizá fue la suma de las tres o ninguna de ellas. Lo que sí es un hecho es que poco más de
dos años después, el 2 de julio de 2000, la oposición ganó al PRI la Presidencia de la
República que le fue negada durante más de 70 años. Porfirio Muñoz Ledo, el grande que
pudo negarse ante la petición de un grupo de estudiantes, pero no lo hizo y cedió su foro,
pasó a la historia política de México como el político de altura que siempre fue.
